Velocidad

Salud, Pilar

Hay algo más que competición en esa pista. Queremos ganar, por supuesto, todos queremos ganar, pero en muchas ocasiones el triunfo es más que la satisfacción simple y vacua de superar a otros. En verdad supone el excitante comienzo de un tránsito vertiginoso por un tobogán bien empinado por el que nos dejamos caer, a plomo y sin control alguno. Nos deslizamos por él a toda velocidad, agitados y con la química del cuerpo irremediablemente revolucionada, fabricando con desesperada palpitación una ensoñación alucinante que en todo caso es particular y privada. Personal e intransferible.

Pilar Vázquez junto a Noche (Night Shift), abuela de Copita de Cava.
Foto: Grupo 1

Muy mal se acostumbra quien de entrada tiene la buena fortuna de familiarizarse con el recinto de ganadores. Ese es territorio sin dueño. Un círculo mágico en el que nadie se queda. Lugar de paso al que siempre se quiere volver, una especie de amor imposible. Por eso casi todas las victorias son evocadoras. Hasta las más humildes. Someten al más pintado a un trance que concentra el embrujo de este deporte, una inmersión emocional de la que emerge una experiencia sensorial turbadora y al mismo tiempo adictiva. Por ejemplo, la de un brindis imposible que se hace realidad. Y bajo la lluvia, qué más da, si todo es secundario cuando mandan las vísceras.

Esta es la historia de ese brindis. Pilar Vázquez, una mujer fuerte y de carácter a la que tuve la suerte de conocer, era emprendedora, lista y valiente, una auténtica fajadora de diario, y acostumbraba a cerrar cada jornada con una copita de cava que la mandaba a la cama con la feliz conciencia de no haber dejado de celebrar la paz de la intimidad tras la guerra del despacho. Pilar era también una mujer discreta, y fiel a esa manera de ser vivió su afición a las carreras y a los caballos. Los tuvo realmente buenos, y nadie se enteró. Dejó que su sobrino y socio, Roberto Whyte, capitaneara siempre ese barco. Por otro lado, sus hijos —Marga, Nico y Alex— fueron testigos más o menos lejanos de ese amor de Pilar por el Hipódromo, por lo que quienes estuvimos más o menos cerca de todos ellos pensamos que al irse la jefa, se acabaría la historia. Sin embargo, la magia de carreras, y la de Roberto, claro está, convirtieron esa copita de cava en el catalizador del homenaje más hermoso, y juntos, en familia, decidieron emprender un camino nuevo como propietarios. Y ninguna manera mejor que recordándola a ella.

Los hijos de Pilar han conocido el hechizo del recinto de ganadores del hipódromo de La Zarzuela, y oyen que su potra es lo suficientemente prometedora como para pensar que puedan volver a pasar por él más pronto que tarde. Fenomenal. Lo que tenga que llegar será bienvenido, por supuesto, pero lo más importante, lo que ya les quedará para siempre a todos, es el recuerdo de haber podido alzar sus copitas de cava y brindar con ella, allá donde esté. Nada mejor.

Yo lo hago también. Copita de Cava (Lightning Moon) es hija de Opikkopi (Gentlewave y Noche), yegua que criamos mi mujer y un servidor, que vendimos en su día a Gonzalo Ussía-Figueroa (QEPD) y que le dio a nuestro amigo su primer triunfo en gran premio (Beamonte de 2012) en toda una vida en el Hipódromo. Por eso, la alegría de toda esta historia se multiplica. En el momento de redactar estas líneas, antes de dar por terminado este largo día, quiero brindar contigo y decirte que ha sido un buen domingo, y que tu gente ha vibrado. Salud, Pilar.    

(Artículo publicado en el número 1.117 de la revista A Galopar, de 13 de abril de 2021).

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies. Más información.

ACEPTAR