Velocidad

Pereza intelectual

Por 10 septiembre, 2020 septiembre 11th, 2020 No hay comentarios

Recuerdo que hace tres años estuvo en las carreras la actriz Paula Echevarría y dijo que a ella y a su hija les hacía ilusión visitar las cuadras en las que viven los caballos. Gracias a la amabilidad de Patrik Olave pudimos subir a su patio y allí, en privado y lejos del bullicio de la tribuna y de los palcos, la protagonista de “Velvet” se hizo unas fotos que inmediatamente colgó en su perfil de Instagram, que siguen más de tres millones de personas. Sí, ha leído usted bien: más de tres millones de personas. Como quiera que yo no solo conocía este dato sino que, además, había leído que Echevarría cobraba varios miles de euros por promocionar cualquier marca o producto con una sola foto en esta red social, me pareció fantástico que ella decidiera motu proprio hacernos ese regalo a La Zarzuela y a las carreras. Lo asombroso fue que en tiempo récord, es decir durante el mismo domingo, fueron miles los comentarios que provocaron aquellas fotos de los seguidores (y de los haters) de la artista, pero sobre todo que cientos de ellos le reprochaban que hubiera ido a las carreras, “ese espectáculo de pijos”, “ese circo de señoritos”, “ese sitio donde se maltrata a los caballos”. No se me olvidarán muchas de las respuestas que leí. Me sorprendió que decenas de admiradores incluso le decían a Paula que les asqueaba tanto que hubiera ido al hipódromo que dejaban de seguir su cuenta, y me impactó especialmente la cantidad de mensajes en los que se hacía mención al “cruel” uso de la fusta.

Paula Echevarría y Marta González, en las cuadras de Hz

Hace poco, diez días quizá, nuestro nunca suficientemente bien ponderado José Félix Díaz, al que siguen cincuenta mil personas en Twitter, escribió un mensaje en esta red denunciando los insultos que recibe cada vez que se refiere a su afición a las carreras de caballos, y aprovechaba la ocasión para reafirmar su amor por nuestro deporte, a pesar del desgaste que eso parece suponer para su marca personal.

Tampoco hace tanto que hemos tenido que leer innumerables lindezas sobre las carreras y sobre el apoyo de la Administración Pública a HZ a raíz de las denuncias en redes sociales por la ausencia de mascarillas en las noches veraniegas del hipódromo madrileño. Tópicos y clichés, con mayor o menor agresividad, se multiplicaban al valorar el hipódromo y nuestra competición, todo ello aderezado, cómo no, con esa colección de datos falaces que cada cierto tiempo se ofrecen en medios generalistas sobre la financiación de HZ, me temo que muchas veces propalados por gente de nuestro propio mundillo, que ya es triste.

Triple estigma

El estigma que castiga a las carreras es triple. Por un lado, el de ser supuestamente un deporte de y para élites; por otro el de utilizar y castigar a los animales, dicen; y por último, el de estar íntimamente vinculado al juego. La desinformación, el desconocimiento y la afición por la demagogia hacen crecer en el imaginario colectivo conceptos completamente falsos y desviados, una desgracia que por supuesto no solamente nos afecta a nosotros. Acabo de leer una entrevista realizada a un amigo y colega, David Durán, uno de los promotores de la exitosa web Ten Golf, en la que le preguntan si no es una antigüedad identificar el golf con las élites y con lo snob, y la respuesta no puede ser más brillante: “Es un atajo, un lugar común. Claro que hay mucho de eso, pero quedarse en ese peldaño es solo una muestra más de pereza intelectual”. Y es así. No voy a desperdiciar ni una línea para explicar cómo miman a los caballos nuestros propietarios y profesionales, porque todos ustedes lo conocen. Tampoco me parece necesario recordar que las apuestas están hoy ligadas a todos los deportes y no insistiré en la realidad palpable de que las carreras no pertenecen en España a ninguna élite desde hace mucho tiempo. Solo hay que ir un día al hipódromo para comprobar la diversidad de la afición y de toda la gente que vive de este espectáculo. Y aquí está la clave: hay unas personas que invierten en caballos un dinero del que pueden disponer y gracias a eso viven decentemente de su trabajo otras muchas personas, desde mozos a veterinarios pasando por entrenadores, jockeys, agentes, personal de los hipódromos, periodistas, etcétera, y disfrutan de un hobby precioso una multitud. Y francamente eso es lo que hace falta: que quien dispone de dinero lo ponga en circulación y con ello cree trabajo, actividad y emoción. Por eso en España este flujo tiene un apoyo público. ¿Dónde está el problema?

En nuestro país los propietarios invierten cada año alrededor de trece millones de euros en sus caballos y los criadores aproximadamente ocho en su actividad. Por su parte, las aportaciones públicas a las carreras son de unos once millones y medio de euros, con un retorno a las arcas de las diferentes administraciones, sobre todo de la estatal, de más de 18, fundamentalmente a través de impuestos. Esto quiere decir varias cosas que dentro de nuestro circuito no asumimos con la importancia que tienen. Por un lado que el Estado recibe más dinero de las carreras que el que pone en ellas a través de sus diferentes organismos (de SEPI, LAE y Ministerio de Agricultura principalmente). En segundo lugar que esa aportación pública es vital para la organización de las carreras, pero que eso se hace para vehiculizar y que tenga sentido la inversión privada, que es muy superior. Y por último, que la cadena de valor, que soporta una actividad y sus puestos de trabajo, sirve también para tener en funcionamiento y en producción unos activos muy costosos, como son las instalaciones de los hipódromos (todos de titularidad púbica) y especialmente el de La Zarzuela, que tiene además unas connotaciones muy peculiares y un valor cultural (con un monumento en la finca), medioambiental y estratégico (por su sensible ubicación) muy difícil de calcular y que en caso de cese de la actividad, entonces sí, sería deficitario para las arcas públicas, y más aún para las de determinados organismos.

Toma de conciencia

Las carreras, pues, no mendigan nada. Ni mucho menos. El Estado, pues, no está rescatando permanentemente un espectáculo de minorías elitistas, sino que está financiando legítimamente el funcionamiento de una instalación que es de su propiedad y ayudando a que permanezca activo un sector en mínimos. Lo que hace no le sale caro, es mentira, ni siquiera deficitario. El problema es que el dinero sale de unas cajas y el retorno va a otras (las del fisco), pero al contribuyente las carreras no les cuestan dinero, aunque la ignorancia de unos y el interés de otros hace que se hable de las pérdidas parciales como pérdidas de todos, cuando no es así. En estas circunstancias y en atención al interés general, lo lógico sería que se impulsara desde arriba un proyecto de verdadero desarrollo del sector de las carreras para que sea autosuficiente y se optimice su rendimiento social y económico. El problema es que esos falsos estigmas que antes citaba pesan mucho y por culpa de ellos, y de que no somos capaces de hacer lobby para contrarrestar su efecto (más bien al contrario, por desgracia), a nivel político es tan fácil y cómodo renegar de esta industria como difícil y arriesgado es apoyarla con decisión, más en tiempos de populismos. Pero no se engañe: todo es pereza intelectual.

Artículo publicado en el número 1.088 de la revista A Galopar, del 1 de septiembre de 2020.

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