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Por 10 agosto, 2020 agosto 13th, 2020 No hay comentarios
El triunfo del nacional Abu en el Villapadierna-Derby. Foto: Rafa Lorente.

Después del justo y conveniente alegato de Carlos Moyano a favor del producto nacional, Jaime Gelabert apostillaba el domingo pasado ante las cámaras de lascarreras.com que “sin ir más lejos el último ganador del Derby, Abu, es un potro nacional, lo cual quiere decir que las cosas no se hacen tan mal”. Y después de gritarle tres veces “bravo” al talentoso hijo de “Tolo”, me pongo a escribir para A Galopar que no sólo -con tilde- es que el último ganador del Villapadierna ha resultado ser un nacional, sino que los tres últimos laureados en tan relevante carrera llevaban junto a su nombre ese sufijo SPA al que tan poca justicia hacemos. El citado Abu, Axioco y Don Sancho. Como antes Arkaitz, Rilke y Plantagenet. Resulta que importamos caballos en la proporción brutal de tres por cada producto nacional que tenemos, pero seis de nuestros catorce derbywinners tras la reapertura de La Zarzuela han sido caballos nacidos y criados en nuestro país. Me encanta.

El calendario moderno de nuestras carreras contempla veinte grandes premios, considerando como tales los que tienen categoría A. No todos se han corrido siempre, porque algunos son de reciente promoción, o incluso creación, y porque ha habido años en los que no se han podido disputar. En total han sido 252 carreras de este nivel las que se han disputado ya en nuestro país desde que el hipódromo de Madrid abrió de nuevo sus puertas en octubre de 2005, y ochenta de ellas, prácticamente un tercio, han sido ganadas por caballos nacionales y criados por españoles fuera de nuestras fronteras. En efecto, no lo hacemos tan mal. Esta es la prueba del algodón. La proporción de los ganadores de grandes premios supera con mucho a su peso específico en el conjunto de la cabaña. Por otro lado, otras 42 de estas pruebas principales han sido conquistadas por ejemplares entrenados fuera de nuestro país, un 16,66 %, que no es tanto como a veces parece, y de todo ello sabemos que los caballos importados entrenados en España han ganado más o menos un 52 % de los grandes premios disputados en los últimos quince años, cuando son el 75 % de la cabaña. Ganan mucho menos de lo que deberían. ¿Qué es lo que pasa? Pues que se nos llena la boca diciendo que estamos criando caballos mediocres, y por eso no los cotizamos, y sin embargo estamos importando mucha más mediocridad que la que producimos.

Iniciativa, medidas

Paco Bernal, agente y consultor con numerosos casos de éxito en su mochila, explicaba hace unos días en una entrevista estupenda que publicó la web Pronoturf sus ideas para mover el árbol de la cría del pura-sangre en España. Una de ellas es prestigiarla, algo que quizá vaya en contra del ADN de nuestras carreras, tan tendentes a maltratarse a sí mismas, pero yo creo que tiene toda la razón. Este año ha volado la subvención del Ministerio de Agricultura y vaya usted a saber si vuelve, y en lugar de lloriquear por ello quizá estemos ante la oportunidad de replantearnos un plan de acción real, que debería capitanear la Acpsie, para impulsar nuestro producto con imaginación y mercadotecnia para explotar los poquitos recursos disponibles. Es hora de promocionar el Programa Made in Spain y su idea de premiar la calidad, de apostar por recuperar la reputación de carreras como el Gran Premio Nacional, el Criterium Nacional o las Copas de Criadores, de prestigiar a los criadores por sus éxitos y no crucificarlos por los fracasos, de sembrar con acciones sociales -qué triste es que no seamos capaces de editar la tercera parte del Madre de Criadores que Paco Salas tiene prácticamente hecha-, etcétera. Y por supuesto, los criadores deben incidir en la selección porque el propietario lo que quiere es calidad.

Hay quien piensa que no hace falta cría para tener carreras. No seré yo quien lo discuta. Pero ese sería otro producto, que repelería la emotividad, más para jugadores que para aficionados. Sin valor. Necesitamos la cría porque sin ella no habrá identidad. Ni nada que merezca la pena.

(Artículo publicado en el número 1.084 de la revista A Galopar, del 4 de agosto de 2020).

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