Fondo

La necesidad de un gran pacto maduro

Upa Lola

Decía la semana pasada Antonio García Ferrer en las páginas de A Galopar que no le encuentra explicación a la peor calidad de los caballos en España en los tiempos recientes y actuales, si bien apuntaba a continuación que es razonable pensar que en una competición que sólo incorpora doscientos potros al año no se pueden encender muchas luces brillantes, que quizá no sea una explicación completa, pero es un buen comienzo, desde luego.

No se puede no estar de acuerdo con esta realidad, por una parte. Es puro sentido común. Somos demasiado pequeños en un mundo en el que cada día es más difícil ganar una carrera, pero tampoco éramos mucho más grandes cuando teníamos mejores caballos y se hizo costumbre, feliz costumbre, contrastarlos en el extranjero con cierto éxito. Esto tampoco es muy discutible. La cuestión es que somos menos competitivos, y en el fondo sí sabemos por qué.

La doble incertidumbre, buena y mala

Junto con la célebre “gloriosa incertidumbre” propia de las carreras, por definición y en cualquier parte del mundo, en nuestro circuito convivimos también y desde hace demasiado tiempo con otra incertidumbre mucho menos poética, que es la que deriva de la dependencia económica de la Administración Pública, que esta misma ha hecho crónica, paradójicamente, en contra de sus propios intereses. Queremos compararnos con países en los que se trabaja a medio y largo plazo para perfeccionar y evolucionar el sistema, para incorporar la tecnología, para afrontar problemas como son el cambio en las preferencias de las nuevas generaciones respecto al ocio, la peligrosa opacidad del juego, la creciente preocupación social por el bienestar animal, etcétera. Y en España, sin embargo, seguimos viviendo a la espera de que se ponga en verde el semáforo para el año siguiente, e incluso ya para el segundo semestre, como está ocurriendo esta misma temporada, y mientras tanto nos quedamos atrás en casi todo. Las comparaciones, pues, son ridículas.

El espectáculo que ofreció Upa Lola (Lightning Moon) en el Premio Fernando Melchor, reivindica al producto nacional. Foto: Rafael Lorente.

Nuestros caballos son peores, fundamentalmente, porque criamos menos y con escasa exigencia, por decirlo de algún modo y sin que esto signifique que no haya gente criando con método y con mérito. La cría es una actividad con un horizonte temporal muy largo que tiene que estar despejado para que fluya la inversión, y no es nuestro caso. Este contexto de incertidumbre en el que nos desenvolvemos es un hándicap casi insuperable porque enfría el entusiasmo y cose los bolsillos. Así, los caballos que nos faltan respecto a los mejores tiempos, unos trescientos, son los que hemos dejado de criar. Por otra parte, el producto local es el que fija el listón necesario a la importación, sobre todo cuando los propietarios quieren ganar carreras más que tener buenos caballos, y lo cierto es que el nivel ha caído tanto que el mercado de segunda mano al que hay que acudir en el extranjero para poder divertirse en España es ahora tan bajo que sí resulta asequible para el propietario español. Las consecuencias son las que estamos viviendo. Hoy ya son importados tres de cada cuatro de los caballos que corren en nuestras pistas (75 %), y entre los primeros 39 clasificados del hándicap oficial del Jockey Club a 31 de diciembre de 2020, los que lucían un valor 40 y superior, había nada menos que 34 importados (87 %) por sólo cinco nacionales: Sir Roque (43), Axioco (42), Furioso (42) Abu (40,5) y Tazones (40,5).  

¿Lloriquear o hacer?

A partir de aquí, podemos seguir lloriqueando o hacer algo para revertir en lo posible esta situación. ¿Qué está en nuestra mano? Pues yo diría que, sobre todas las cosas, está al alcance de los actores de las carreras buscar un gran pacto para cohesionar la actividad, alineando los intereses bajo el principal de todos que es que nuestras carreras sean mejores, más espectaculares y generen más negocio. ¿Es posible? Debería serlo. Y si no lo es, el destino es seguir lloriqueando, eso desde luego.

No digo que sea fácil. Hace falta la voluntad, la actitud y buena comunicación. Capacidad para vertebrar las relaciones y visión estratégica, no cabe duda. Pero es cuestión de hacerlo. Hay que evolucionar y es un momento que lo requiere, ya hay urgencia. Dentro de todo esto, orientar el programa de carreras hacia la visión que se pueda pactar es trascendental. No se trata de una intervención al detalle, sino de consensuar unas líneas básicas, esenciales, que todos los hipódromos puedan seguir para empujar hacia los objetivos que se tracen. La realidad demanda una evolución y negarla es empobrecernos alimentando un espectáculo artificial bajo el cual, más pronto que tarde, no subyacerá nada que merezca la pena apoyar. Si no se genera actividad económica alrededor de las carreras, si no hay cría, subastas, mercado, doma y otros negocios colaterales, al final no habrá nada más que un espectáculo público con caballos importados sin trascendencia a futuro, y se irán cayendo las razones para reivindicar el apoyo que necesitamos para relanzarnos de una vez por todas.

Hay que elegir: el cuello o los pies

Que la calidad de nuestros caballos haya bajado en los últimos años es más un síntoma que otra cosa y así debe interpretarse, en mi opinión. Es decir, no debería ser tan importante que la calidad en este momento no sea la que nos gustaría como que no seamos capaces de hacer borrón y cuenta nueva para levantarla, en la medida de lo posible. Y hay que empezar ya. Sí es muy importante, según mi modesto entender, fomentar la calidad, el valor de los caballos y el atractivo de los potrillos, incentivar el mercado local, la rotación de los efectivos, la importación de cierto nivel y la rentabilidad de los nacionales competitivos. Y para buscar todo esto, el programa es la mejor herramienta. Es necesario por un lado que nos concienciemos todos de que un programa que ofrece 430 carreras en el año no puede cubrir satisfactoriamente las necesidades de todos los tipos de caballos y tendrá, seguro, muchos puntos ciegos, y a partir de ahí es conveniente decidir juntos qué puntos ciegos queremos asumir, ordenar las lagunas y también elegir las fortalezas para un plazo medio-largo. La manta no da para cubrir el cuello y los pies, y es hora de que se acepte de una vez y se dejen de exigir imposibles que obligan a hacer unos juegos malabares que no llevan a ninguna parte. Tal y como estamos, hay que escoger entre el cuello y los pies. La cuestión es si hay o no madurez en nuestras carreras para abordar este ejercicio.

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