Fondo

Handicappers, vivir injustamente en el margen de error

No hubo que esperar mucho para que las tribunas de La Zarzuela volvieran a cimbrearse sobre sus cimientos, no. Ya hubo en ellas aspavientos de toda clase con el despliegue de Pelliquero, fustazos al viento con la pasada de Jaime Gelabert y Nice Piorno al “Nene” Borrego y Orbayo y no pocas caritas de emoticonos de sorpresa con la victoria de New Jack Swing en el Pablo Font, que quemó sin compasión decenas y decenas de boletos de Pick4 aspirantes al bote de 10.000 “leuritos” que se ponía en juego para ir calentando el ambiente en el desapacible comienzo de la temporada, hace dos semanas. Pero a la cuarta carrera… ¡ay a la cuarta! El muy clásico y tradicionalísimo Fernán Núñez nos deparó una de esas llegadas que no se pueden ver desde un asiento, que se apoderan de manos y pies, que son como calambrazos largos e intensos. De las que a una velocidad endemoniada convierten a una multitud aparentemente tranquila y civilizada en una turba ruidosa, desconcertante y políglota de seres enloquecidos, completamente desconocidos y desconocedores. Al final ganó el favorito, Qatar River, y de alguna manera ganamos todos –no porque fuera el favorito, que también–, pero especialmente, y una vez más, ganaron los handicappers, siempre en el ojo del huracán, siempre escudriñados, siempre presionados. Nunca suficientemente ponderados. Las fotografías de la llegada de esta carrera son todas espectaculares. Entre ellas una con una perspectiva especial, la del amigo Luis Vidal Horcajada, cuya cámara captó la fuerza y la verdad de esta lucha final en una espléndida instantánea que tuvo la generosidad de compartir con todos a través de las redes sociales y que refleja toda la carga poética del turf y la esencia misma del hándicap. Hay que mirarla mucho. Gracias, Luis.

Llegada del Premio Fernán Núñez de 2020, por Luis Vidal Horcajada (@LuisHorcajada66)

Enemigos: ignorantes e inconscientes

Los handicappers tienen dos enemigos principales: los supinos ignorantes, por supuesto, y los tablistas que aún creen que lo que ellos hacen es hándicap (lo cual les convierte en el fondo en una variedad del primer grupo). Entre los primeros son recurrentes exclamaciones del tipo “cómo es posible que mi caballo, que nunca se ha colocado entre los tres primeros, le vaya dando peso a Fulano, que ha ganado tres carreras”, frases que por cierto deberían inhabilitar de inmediato a cualquier profesional que las pronunciase. Los del segundo equipo, por su parte, son al primero como la gasolina al fuego, ya que de forma estúpida acrecientan las suspicacias y las dudas desde unos “sesudos” análisis (sic) que abordan desde la convicción de estar a la altura de los handicappers. Y no. A los handicappers solo se les puede hablar de tú cuando se ha sido handicapper.

Mis tablas tienen 38 años y para mí son de una doble utilidad, ya que por un lado me sirven para clasificar a los caballos por su calidad demostrada en las pistas, para trazar la curva de sus valores y para compararlos con el paso del tiempo, y por otro, claro que sí, para intentar medir la probabilidad de los participantes de cada carrera, buscando en los hándicaps un posible error de los handicappers, que aunque menos de lo que dicen, a veces los hay, porque es inevitable. Mas todo esto es subjetivo. Completamente subjetivo. Las matemáticas solo están en la suma y la resta. Lo demás es subjetivo. Más allá de las lecturas convencionales, del Almirante Rouss y todo eso, en mi colección de revistas hay un ejemplar especial, el número 246 de Corta Cabeza, de 1981, en el que se publicó una transcripción memorable de ¡18 páginas! de una mesa redonda sobre las tablas de valores y el hándicap en la que intervinieron gente para mí sagrada como Coral Fernández, José Manuel Fernández Oliva, JAR, Ota Griñán y César Guedeja, con introducción de Riu Kiu. Y esas 18 páginas las vuelvo a leer cada cierto tiempo porque para mí son “la Biblia” sobre este asunto. Para mí, insisto. Esa lectura marca, y así, tengo unas tablas generales, de valores absolutos, y luego otras siete según las distancias agrupadas, porque eso de que un kilo es igual a un cuerpo es una simplificación que me parece que no sirve para mucho. Recojo en diferentes colores los valores según la edad, registro el hipódromo o el dato del estado de la pista, aplico valor al jinete y considero el tiempo realizado (y su reducción) como factor corrector. Me permito el lujo de dar cabida a veces a determinadas sensaciones, y sobre todo de bajar y subir drásticamente el valor de cualquier caballo, o de no tocarlo si la actuación se sitúa bruscamente fuera de su franja de oscilación. Y todo esto me ofrece un resultado con el que me siento cómodo, pero que seguramente está muy distante de lo que hace cualquier otro tablista, que ahí está la gracia: las tablas reflejan nuestra propia interpretación de las carreras y de los caballos. E incluso de los jinetes. Hace poco leí a Paquito Jiménez que la diferencia entre el jockey top en España y el doce o el catorce no es superior a dos kilos, y casi que estoy de acuerdo (para mí la diferencia entre el number one y el catorce es de 2,5 kilos), pero es que la diferencia entre ellos no está tanto en la pericia, sino en su capacidad estratégica y en la frecuencia de repetición de su más alto nivel. Y todo esto es apreciación particular.

Práctica estándar: el estrecho corsé de la objetividad

El handicapper, sin embargo, no puede permitirse licencias. En primer lugar, tiene que juzgar con escrupulosa neutralidad lo que ha pasado en la pista y tratar de valorar objetivamente al caballo por lo que ha hecho, no por lo que crea que es capaz de hacer en adelante. Jamás. Su misión es calibrar tan exactamente como sea capaz a cada caballo e igualar la probabilidad de los que corran en una carrera de hándicap, pero nunca, y nunca es nunca, el objetivo de un handicapper es impedir que un caballo repita victoria en un hándicap, que es a lo que las presiones en España empujan. Cuando un caballo está en expansión de valor va por delante del handicapper y siempre superará la escala, ya que esta reflejará lo que ha hecho en su anterior carrera, y no lo que pueda hacer en la siguiente. En contra de lo que algunos tratan de hacer creer, que un caballo gane dos o tres hándicaps seguidos no tiene que ser un fracaso de los handicappers ni hablar mal de su labor, ni mucho menos. Esto es mentira. El tablista puede jugar a ser adivino si quiere, pero el handicapper no.

La introducción de los dos años en la escala, la valoración de caballos a los que hábilmente se les hace correr en distancias que no son las suyas para clasificarlos, la comparación con ratings de otros países, etcétera, son otras vicisitudes a las que cada cual se enfrenta como buenamente puede, y que en el caso de los handicappers requieren método y continuidad en el cargo. Hay pues una diferencia notable entre la labor de los handicappers y el ejercicio de los tablistas, por muy avezados que estos sean.

Una magnífica labor

No está tan bien que se juzgue a los handicappers, como a los comisarios, por lo que hacen en el oscuro territorio del margen de error, que es completamente humano e inevitable, aquí y en cualquier sitio. Por un caballo que un día se quedó suelto, por un distanciamiento, por una multa… No es justo. En España los handicappers (y otros cargos hípicos), no profesionales y con el corto número de carreras que hay para coger experiencia y establecer líneas de comparación, lo hacen realmente bien. Es un handicapping el nuestro que tradicionalmente, por décadas, ha encontrado su talón de Aquiles en la compresión de los valores de los caballos de gran premio y los del segundo escalón, aquel “efecto Turcotte” producto del carácter inflacionista de nuestro hándicap, que tiende a subir el valor de los caballos más que a bajarlo. Soy de la opinión de que lo realista y operativo es hacer lo contrario, pero supongo que se impone el temor al riesgo de incentivar lo que llaman “ir de estira”.

Que los handicappers del Jockey Club Español (JCE) son buenos y lo hacen muy bien lo dice, entre otros, Phil Smith, jefe de handicappers de la BHA durante muchos años y ahora consultor de la IFHA, que cada cierto tiempo viene a supervisar el trabajo que aquí se realiza. Y sobre todo lo demuestra una tozuda realidad: cada vez que se eleva a nivel público la queja por el valor adjudicado a un caballo, este le da la razón a los handicappers en cuanto salta a la pista. Y mejor que siga siendo así.

(Artículo publicado en el número 1.074 de la revista A Galopar, marzo de 2020).

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies. Más información.

ACEPTAR