Velocidad

Gracias, Alfonso

Mi sentimiento carrerista está completamente entregado al romanticismo más cándido desde el mismo día que comprendí todo lo que hay detrás de cualquier carrera. Y cuando digo cualquier carrera quiero decir exactamente eso, cualquiera, sin dobleces ni excepciones, que los frikis somos así. Pertenezco al irreductible clan de los defensores del verdadero tesoro intangible y al mismo tiempo sagrado de este deporte, que es el de la regeneración permanente de la competición ­–respetando siempre los fundamentos de selección de la misma– a través del maravilloso y complejo proceso de la cría del purasangre. Recuerdo a la perfección lo fascinante que me pareció, hace cuarenta años, aprender a desentrañar la ingente información que ofrecía el programa de carreras, y sobre todo cómo me llamó la atención que debajo del nombre de cada corredor se señalaran los de sus padres. Cuando tiré de ese hilo y descubrí que se podía trazar la ascendencia de todos los caballos por generaciones, y hasta el inicio de la configuración de la raza casi tres siglos atrás, todo me pareció mágico. Cobré conciencia entonces de que no daba igual si corría un caballo u otro ni a quién se enfrentara, que no era lo mismo una jornada que la siguiente, y que ahí había un universo paralelo de individuos para conocer y clasificar. No habría cuadernos suficientes en la papelería del barrio para que yo pudiera identificarlos como es debido. Con todos sus datos y características. Y luego con sus valores, que aprender el mecanismo de las tablas ya fue como caer en otra dimensión.

José María Álvarez de Miranda y Alfonso Núñez, criadores de Maracay, junto a Borja Fayos y la hija de Miss Gran canaria tras ganar el Valderas. Foto: A Galopar

Sé que nunca me habría aficionado a las carreras de caballos de no haber entendido que cada purasangre es el resultado de un montón de historias entrelazadas, de un cruce a una razón debido, y por lo tanto no entiendo este deporte espectacular sin todo eso. ¿Qué serían las carreras sin la cría? Un juego de casino o un parchís con animales. Poco más. Para mí, abandonarlas a la única motivación del juego sería matarlas, restarles todo el factor emocional y por lo tanto anularles su única razón de ser propiamente particular. Gracias a la globalización y a las tecnologías de la información, hoy todos los purasangres nos parecen un poco familiares, ya que podemos conocer bien sus orígenes, mirar las carreras de sus padres y abuelos –allá donde se hayan disputado– y por consiguiente saber sobre ellos como antes no era posible más que con los locales. Pero no por eso es igual de divertido. Cuando corren potros que son hijos de caballos y yeguas que hemos conocido de verdad, que han corrido en nuestras pistas, de los que hemos sabido glorias y flaquezas, propietarios, entrenadores, ventas, virtudes y defectos, todo es muy diferente y el programa se pinta con otro color. Por eso me inquieta tanto que hayamos pasado en sólo cinco años de que los corredores nacionales fueran un 37,69 % del total a que en la actualidad sean el 25,6 %. Para alimentar la emoción y el sentido de las cosas, la importación siempre ha sido necesaria, por supuesto, muy especialmente la de hembras de calidad cuando la cría goza de una buena salud, pero no tengo duda alguna de que la tendencia creciente de los últimos años hacia la importación masiva de mediocridad, respaldada por los resultados resplandecientes de cinco caballos concretos, está envenenando nuestro espectáculo.

Al no haber reacción, sobre todo en lo que respecta a un gran pacto por un replanteamiento de la programación que le dé la vuelta al mercado, pienso a veces que el asunto no será tan importante como yo lo veo, o que quizá sean mayoría los que quieren carreras con caballos y no carreras de caballos. Por eso, cuando Alfonso Núñez gana el Valderas (gemela nacional) y de pronto dedica este éxito notable a los criadores locales que aguantan el tirón, pues tengo que emocionarme y agradecerlo. No ya por ser pequeño criador, que también, sino porque creo firmemente que en eso está la gracia de lo que nos gusta. Esa dedicatoria del propietario, criador y entrenador de Maracay fue un detallazo, pero también una llamada de atención para la convocatoria de una mesa en la que todos los grupos de interés puedan debatir el modelo deportivo de carreras que queremos para los próximos años, más allá de lo que nos gustaría ser como sector económico, que es harina de otro costal. Así que nada, lo dicho: enhorabuena, Alfonso… y un millón de gracias. De verdad.   

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