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El peso de la maldición de Dzudo

Por 13 agosto, 2020 agosto 15th, 2020 No hay comentarios
El triunfo de Dzudo en la Copa de Oro de 1983 ocupó dos portadas seguidas de Recta Final.

Mi infancia también son recuerdos de un patio de Sevilla. Pero solo en verano. Por mucho que me esfuerzo no logro traer a la cabeza momentos de otras estaciones que no fueran los que inmortalizó mi abuelo Paco con su cámara de fotos, en la Feria de Abril o siguiendo a El Cachorro por las calles de Triana cualquier Viernes Santo. Mi infancia son recuerdos de un río parado junto a una larga calle de colores a la que daba nombre, aunque yo pensara que se lo debía a mi equipo de fútbol. Recuerdos de fuegos artificiales entre el día de Santiago y el de mi cumpleaños; recuerdos de calor, muchísimo calor que entonces no me pesaba; de partidos de fútbol interminables, con pelotas imposibles, y de mi otro abuelo, Pepe, interrumpiéndolos a la misma hora, cada día, para darme 25 pesetas con las que podía comprar la ración de estampas de la colección correspondiente a la siguiente temporada de Primera división. Son recuerdos de un parque de albero con columpios de hierro, pintados de azul y rojo, y de un balcón que fue mi terreno de juego y en el que cada 6 de enero aterrizaban los reyes magos, siempre en el momento justo para que no pudiera verlos.

En ese balcón

Era aquel balcón la atalaya perfecta desde la que controlaba la llegada de mi padre después de su jornada de trabajo; de mi abuela Luisa con su paquete de bollitos de leche a la hora de la merienda y de la serie de El Conde de Montecristo que ofrecía la primera cadena, lo que hoy es La 1; de mi maravillosa tía Mercedes, que fue la otra abuela en falta de su hermana Manuela; y de mi madre cuando se acercaba al mercado de abastos que había justo enfrente. En ese balcón jugué a tener la cuadra más potente de España y a pelear todos los grandes premios del calendario con mis caballos, luchando más contra los dados que contra los rivales sobre una pista de color mostaza con las calles señaladas, como si fuera de atletismo, y con unos caballitos de cartón sobre una pequeña peana del color del jockey. Las tardes de verano eran interminables y la de aquel lunes, 15 de agosto, lo fue especialmente, porque para mí empezó justo después del almuerzo, cuando el sol abrasaba y todos buscaban el refugio del interior y del ventilador, a la espera de que el reloj marcara las siete y media, que sería el momento, aproximadamente, en el que la radio me anunciara el resultado de la Copa de Oro.

Las tres copas de oro…

Pasé aquellas horas allí, en el balcón, disputando carreras imaginarias y anotando en mi cuaderno todos los resultados para luego sacar conclusiones. No puedo recordar qué emisora era la que por entonces iba facilitando los resultados de las carreras, pero sí que cada vez que se aproximaba la hora de conocerlos me ponía nervioso y visualizaba el desenlace que quería y ya de paso cómo podía ser aquel hipódromo que nunca había visto. Tal y como yo deseaba ganó la de dos años Arameo, propio hermano de Zambaygo, uno de los integrantes de la generación mágica de 1980 de Lore-Toki, la de la histórica zeta de Zoshka, Zambia, Zapita, Zatopeck, Zapingo, Zielíssimo, Zanguacho… y Zalduendo, que iba a correr un rato más tarde la Copa de Oro y que antes de vender tan cara su derrota en el Gran Premio de Madrid ante Brezo había sido el ganador del Villapadierna. Arameo, precisamente, sería el siguiente ganador de nuestro Derby.

Moonlight Shadow

Y llegando la hora, y manoseando sin parar el número de Recta Final, no quería otra cosa que escuchar que Manola había ganado la Copa de Oro. Venía de reaparecer mal en el Diputación -ay, lo que era esa carrera…- después de haberse perdido el Beamonte y el Gran Premio de Madrid por una lesión, pero yo estaba seguro de que no había caballo en España capaz de batirla si recuperaba el tono en esta nueva ocasión. Todos los medios apuntaban al triunfo de su eterno enemigo, Zalduendo, y contaban también Balada, la Rosales de turno, que en Lasarte daba su mejor valor, y La Novia, que yo esperaba que completara la gemela con Manola, que, por cierto, no aparecía en ninguno de los pronósticos de los medios de comunicación que se ofrecían en las páginas centrales de la revista. Ya no podía faltar mucho para que la radio terminara con la ansiedad que me producía la espera y empezó a sonar la guitarra de Mike Oldfield punteando los primeros acordes de Moonlight Shadow (sombra de luna), banda sonora de aquel verano de 1983 y que desde entonces ha formado parte de la de mi vida. No había terminado de difuminarse la voz de Maggie Reilly en el final de esa maravillosa canción, que acompañé desde el principio porque ya me había aprendido la letra, y una voz masculina irrumpió para anunciar el resultado de la Copa de Oro. “Se ha impuesto el caballo polaco Dzudo por la mínima a Manola, siendo tercera La Pista”.

En shock

¿El polaco Dzudo? ¿Dzudo? En los pocos años de afición que en ese momento eran mi bagaje en esto no había ganado aún la Copa de Oro el caballo que yo esperaba, pero que Manola hubiera sido batida en esa edición por un caballo polaco era como si se abriera el suelo bajo mis pies. “¿Pero por qué tiene que venir un caballo de Polonia a batir a Manola?”, me preguntaba una y otra vez. ¡De Polonia!

Solamente El Diario Vasco contaba en su pronóstico con el hijo de Condor Pass, que al parecer, según las crónicas y las declaraciones posteriores a la carrera, ganó con cierta comodidad pese a hacerlo por medio cuerpo. Dzudo fue portada de dos números consecutivos de la revista Recta Final, y en el editorial del segundo de ellos, que masacraba sin piedad a un Zalduendo que fue antepenúltimo en la Copa, justo delante de Zambaygo, se decía textualmente: “En nuestro número 145 invitábamos a los señores franceses y señores ingleses a que no viniesen a Lasarte. Nos olvidamos pedir su ausencia también a los señores polacos”. Deduje que mi disgusto era compartido en el mundo de las carreras, que seguía a distancia. Sin verlas.

Presentación de Dzudo para el Arco de 1983.

Jamás vi aquella carrera y nunca más supe del maldito Dzudo. Ni ganas que he tenido. Tardé muchos años en conocer el hipódromo de Lasarte y después he tenido el privilegio de presenciar numerosas ediciones de la Copa, de vivir la atmósfera excepcional que la envuelve y, sobre todo, de disfrutar ese tremendo ambiente hípico de toda la Semana Grande, magia que parece haberse extinguido ya, con la concentración maravillosa de esas grandes citas, desde el Kutxa al Criterium Internacional -ay, lo que era esa carrera-, pero lo cierto es que mi relación con la Copa quedó marcada por aquel momento inicial y la verdad es que nunca ha sido la mejor. Muy poquitas veces ha ganado el caballo que quería y en demasiadas ocasiones, lo confieso, he necesitado mucho tercer tiempo de sidrería para empezar a digerir un resultado que para mí, personalmente, resultó decepcionante.

Sé que esa relación con la Copa de Oro de San Sebastián tendrá que cambiar, tarde o temprano. Quizá para eso necesite restañar la herida sangrante que me dejó Dzudo, y por eso he querido por fin saber algo de aquel negrillo que se plantó en Donosti con doce victorias y quince colocaciones en Polonia y Francia, sobre 31 salidas, y que esa tarde hizo el récord de la carrera para impedir la gloria de Manola y de inmediato poner rumbo a Longchamp y al Arco de Triunfo que ganó All Along, en el que se dejó ver durante buena parte del recorrido, galopando por el exterior del grupo, hasta desaparecer en la recta y terminar penúltimo en un campo de 26 corredores.

He encontrado esta fugaz imagen de Dzudo (arriba, con el número 5) justo antes de entrar en los cajones de salida de aquel Arco. Negro, fuerte, inmóvil. Ahí está, como un fantasma de mi infancia, que es también el recuerdo de una bochornosa tarde de agosto sevillana en la que de pronto se me echó encima la sombra de la luna que tapó el brillo deseado de Manola. Han pasado 37 años y podría ser hora de que la Copa y yo hagamos las paces. Si es que ella quiere.

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