Bloodstock

Khalid Abdullah, el hombre que dejó un paraíso en la tierra

En el adiós a Khalid Abdullah (12/01/2021)

La última vez que estuve en Banstead Manor Stud fue hace un año y medio, aproximadamente. Estaba como siempre, con la jardinería al día, los caminos impolutos y la pintura en su color, sin el mínimo desgaste. Es un lugar naturalmente hermoso, sin la pretendida exuberancia ni la perfección artificial de otras yeguadas de la zona –aunque tampoco tan silvestre como suelen ser, por ejemplo, en Irlanda, of course–, pero sobre todo es un sitio muy tranquilo, con un silencio extremadamente relajante que sólo rompen de vez en cuando los patos del estanque que embellece la zona de recepción, frente al edificio que alberga las oficinas principales de Juddmonte, y lógicamente los grupos de visitantes que, alborotados y excitados, acuden a diario para conocer a los sementales de la Casa, especialmente para rendir honor a Frankel (Galileo), claro. Esa paz que allí se respira es seguramente la que apreciaba la familia Churchill, que usó Banstead Manor como residencia de verano desde que el joven Winston tenía quince años hasta que tuvo 28, mucho antes de que Henry Ernest Morriss la comprara para convertirla en yeguada pública en 1927 y que allí ejerciera de semental su caballo Manna (Phalaris), ganador de las 2.000 Guineas y del Derby en 1925. No sé, en fin, cuántas veces he estado allí desde que en 2006 fui por primera vez y me permitieron pasear por la yeguada y acceder a los paddocks de sementales para conocer a Rainbow Quest (Blushing Groom), Observatory (Distant View), Oasis Dream (Green Desert) o Zamindar (Gone West), pero seguro que han cambiado muchas cosas en estos años y, sin embargo, a mí me parece una y otra vez que todo está igual. Al fin y al cabo, lo que uno mira y ve cuando va a un sitio así permanece siempre igual.

Frankel, el símbolo

En esa última visita pasamos largo rato en una sala maravillosa y de inconfundible sabor inglés dedicada de forma monográfica a Frankel. Fotografías, cuadros, libros y álbumes de lujosa edición, trofeos… todo evocaba al gran crack, cuya figura en bronce se divisaba por los ventanales de la estancia, presidiendo un jardín privado en el que tomar una copa al atardecer debe de ser como pasear por el cielo. Con la misma cordialidad y amabilidad con que nos trataron, exquisitez para todo, nos hicieron saber que confiaban en que no haríamos fotos de esas interioridades que yo sentía que era un privilegio conocer. Nos hablaba Simon Mockridge de First Eleven (Frankel) cuando apareció Lord Grimthorpe, y se me ocurrieron entonces tantas cosas que preguntar que después de los saludos de rigor preferí guardar silencio. Habíamos ido a comprar un semental para Torreduero, no para hacer turismo ni para tomar el té con Teddy, así que había que guardar la compostura. Business is business. Después de tratar lo mollar sí que hubo un poco de tiempo para el esparcimiento, albricias, que consistió en dar un paseo inolvidable por el stallion yard con Simon, un profesional que ha hecho toda su carrera en la Casa. Él ya lo había previsto y tenía un retén de empleados pulcramente uniformados y con los sementales en perfecto estado de revista para que pudiéramos verlos en todo su esplendor. Bated Breath (Dansili), Expert Eye (Acclamation), Oasis Dream, Kingman (Invincible Spirit) y, por supuesto, Frankel.

Rainbow Quest, en Banstead Manor 2006. Foto: G1

Dullingham, la más pequeña pero…

Cualquier visita al cuartel general de Juddmonte es siempre una delicia. Es adentrarse en otra realidad, casi en otra dimensión. Es la constatación de la excelencia. Sin embargo, ese día llegamos a Banstead Manor desde otra de las fincas de la operación, en este caso Dullingham, aunque siempre se referían a ella como Eagle Lane. Estaba a seis o siete kilómetros de Newmarket y luego supe que era la más pequeña (21 hectáreas) de las ocho que Juddmonte tiene repartidas por Inglaterra (cuatro), Irlanda (dos) y Estados Unidos (dos), que suman seis mil hectáreas entre las ocho. Dullingham fue en su momento el lugar en el que residían y cubrían sementales del segundo escalón de la Casa, pero ya hace años que se readaptó para otras funciones y ahora es básicamente un centro de descanso y recuperación de caballos en entrenamiento, así que sirviendo para operaciones internas de la compañía no está abierta a las visitas de curiosos o admiradores y, sin embargo, sigue estando igual de cuidada al detalle. Decía Henry Ford que “la excelencia es hacer las cosas bien incluso cuando nadie te está mirando”, y Dullingham es eso, la demostración palmaria de que en Juddmonte se hacen las cosas igual de bien donde se mira y donde no. Uno podría pensar que Banstead Manor es el escaparate y que la trastienda podría ser otra cosa, pero descubrir el mismo esmero en la conservación de Dullingham, la instalación más pequeña y desconocida de la firma, pura base logística, fue de alguna manera una revelación. No es una simple cuestión de estética.            

First Eleven, caminando en Dullingham (2019). Foto: G1

Ese nivel de exigencia de puertas adentro explica muchísimas cosas. Y con esa manera de trabajar, siempre al más alto nivel para todo, más la extrema fidelidad del equipo y la admirable sabiduría aplicada al proceso de selección, cruces y crianza de sus caballos, el Príncipe Khalid Abdullah construyó en cuarenta años una obra excelsa que queda para la historia de las carreras de caballos y de la evolución del pura-sangre inglés. La desaparición del saudí supone para esta industria una pérdida incalificable, enorme. Según sus creencias, habrá emprendido viaje al paraíso, pero ya construyó y nos dejó uno en la tierra. Gracias por ello, alteza.     

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies. Más información.

ACEPTAR