Velocidad

El 46

No, no hablamos de un autobús de línea de cualquier servicio municipal de transportes, sino del valor con el que últimamente han ganado nuestras pruebas más relevantes los caballos llegados del extranjero: Amazing Red y Ateem las dos últimas ediciones de la Copa de Oro y Cnicht el Memorial de 2019 y el Gran Premio de Madrid de este mismo 2020. También es el rating equivalente que había dado Amedeo Modigliani en Irlanda antes de venir a España e imponerse directamente en el Carudel, en este caso para un propietario local. Y haciendo caso a los valores de los handicappers del JCE, en 46 ganó Hipodamo de Mileto el Memorial de 2018 y en 46,5 el Gran Premio de Madrid de 2019, mientras que Zascandil lo hizo un año antes en 45,5.

Parece ser el 46 el valor necesario en este momento para tener una primera chance, bien sólida, para conquistar nuestras carreras principales, y por lo tanto nos gustaría que nuestra cabaña tuviera no uno sino varios caballos de este rating, consolidado, tanto en la milla como en la milla y media, básicamente para que los nuestros ganen más, que lo hace todo mucho más bonito y emotivo, y los “invasores”, que en cualquier caso han de ser bienvenidos, no nos mojen la oreja cada vez que vienen a por nuestros premios más codiciados, algo que a riesgo de no ser políticamente correcto diré que no resulta agradable, para qué nos vamos a engañar. No es divertido que las últimas siete copas de oro se hayan ido al extranjero.

Cuestión de aspirar

¿Podemos aspirar a eso a corto plazo, a tener un ramillete más o menos amplio de ejemplares de ese valor? Pues es legítimo querer ser competitivos en ese nivel, claro que sí, aunque todos sabemos que para ello hay que cambiar el ecosistema y eso requiere remar mucho. Para tener caballos de 46, y no uno ni dos, en primer lugar deben encontrar aquí un hábitat adecuado, y para eso hay que fortalecer el circuito en el que puedan participar y desincentivar económicamente las salidas al exterior. Si solamente pueden correr aquí tres carreras al año con las dotaciones que corresponden a ese nivel siempre será muy difícil que podamos retenerlos para el resto de nuestra competición, y será inevitable tener que verlos en acción las más de las veces a través de Equidia. Por lo tanto, para tener caballos de esta categoría es esencial tener programa para ellos.

Llegada de la 52ª Copa de Oro de San Sebastián, con Ateem por todo el exterior imponiéndose con Julien Grosjean a Putumayo, Navia y Amazing Red. Foto: A Galopar.

Los premios, empero, no son el único motivo por el que puede merecer la pena apostar por un caballo de estas características. También está la cotización. En España hace mucho tiempo que los caballos buenos no cambian de propietarios, que ni siquiera se realizan ofertas entre ellos, como sí ocurría hace años. Los caballos apenas tienen valor económico, los buenos seguramente por esa misma falta de programa, y para convertirse en un activo real tienen que ponerse en el escaparate fuera de España. No tenemos mercado interno, lo cual es un hándicap importante, pero sabemos que el propietario español no vende fácilmente cuando tiene un caballo de calidad y esto es muy interesante y elocuente. ¿Por qué entonces se tiende a comprar barato? Pues podríamos pensar que como consecuencia de las razones anteriores se considera que no merece la pena el riesgo. Y claro, si lo propietarios creen que para correr en España no merece la pena hacer inversiones de cierta entidad, para los criadores tampoco merece la pena intentar fabricar caballos de esa calidad con unos costes imposibles de rentabilizar. Y entramos en otro bucle, en otro círculo vicioso de pobreza e irrelevancia.

Flanders, Presidency, Ateem…

En España parece haber arraigado definitivamente la aspiración de pescar un Fladers Flame o un Presidency en las subastas de caballos en entrenamiento o en un reclamar. O un Ateem, que se vendió de yearling por 150.000 euros en Arqana pero con tres años se remató por sólo 8.500 en Tattersalls, una devaluación brutal del 94 % en dos años cuando corriendo entre 1.400 y 1.700 metros en Inglaterra estaba en valor 38, que no es que sea de penco desahuciado. Ateem llegó a Francia y bajó a 32 en un año, para empezar a mejorar poco a poco a medida que disputaba carreras de más distancia y terminar de explotar a cinco años, al empezar 2020 con valor 36,5, después de haber corrido 28 carreras en su vida, y subir en cinco actuaciones, ya por encima del doble kilómetro, hasta 46, valor que según France Galop confirmó y repitió en la Copa de Oro.

Estas cosas pasan, y afortunadamente, pero hipotecar mayoritariamente las inversiones a apuestas de este tipo hace que sobre todo se importe mucha mediocridad, como escribía hace dos semanas, y que la cría no pueda ser ambiciosa. Si de verdad queremos ser más competitivos en el valor 46, dejar de lloriquear y volver a ser capaces de retener en casa nuestros mejores grandes premios parece evidente que debe cambiar la mentalidad general. Yo no sé si es posible o si es una quimera, pero las alternativas son resignarnos definitiva y tristemente a que nuestras mejores carreras las ganen una y otra vez caballos entrenados fuera de España o bajar las dotaciones de estas citas para que nadie venga de fuera a ganarnos, que sería la peor derrota de todas, la de conformarnos con una competición residual y mediocre que muy difícilmente haga aficionados ni interese a los medios ni atraiga patrocinadores… per secula seculorum. Se trata de competir, y la cuestión es ser capaces de trazar una estrategia para alcanzar los objetivos, como cuando en 2013 se decidió en HZ aumentar por fases los premios, hasta en un 40 % al cabo de los cinco años siguientes, para combatir la crisis fortísima de aquel momento y para atraer para Madrid, poco a poco, a los caballos que desde España estaban saliendo cada vez más a correr al Sudoeste francés. Y se logró. Sólo hace falta un plan.

Artículo publicado en el número 1.086 de la revista A Galopar, del 20 de agosto de 2020.

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies. Más información.

ACEPTAR