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Cuestión de confianza

Por 14 julio, 2020 No hay comentarios
Amedeo Modigliani en el Carudel 2020

Ahora que nos reencontramos, y ojalá que para no dejar de vernos otra vez, todas las charlas convergen de manera irremediable en un punto de preocupación: qué va a pasar con los premios del próximo programa de otoño-invierno de La Zarzuela. ¿Serán como los de esta temporada de excepción de primavera-verano? ¿Volverán a su ser? ¿Subirán un poco pero no hasta llegar a las cotas anteriores? Nos inquieta este enigma porque de su solución dependerá el futuro cercano de muchas familias y la propia evolución a corto plazo de nuestras carreras, a juzgar por las opiniones de tantos propietarios que no esconden su intención de desinvertir, en mayor o menor medida, si las dotaciones del segundo semestre no les resultan satisfactorias, con todo lo que sabemos que eso significa. Y como lo sabemos, lo tememos.

En situación de crisis siempre tememos perder lo mucho o lo poco que tengamos. En el caso que nos ocupa la incertidumbre no es nueva, por desgracia, pero hay una diferencia entre nuestro miedo “crónico” (a que un día se pueda perder el apoyo público que desde 2005 sostiene la actividad de los principales hipódromos de España, sin que se haya podido construir una alternativa de financiación fiable) y el miedo que parece haberse instalado en las últimas semanas (a que ese momento pueda estar llegando). Es decir, estamos pendientes de ese próximo programa de HZ no solo por su efecto inmediato, sino para interpretar la señal. Si eso que llaman la “nueva normalidad” nos devuelve la vida que el coronavirus secuestró pero no los premios que teníamos en la “vieja normalidad”, la crisis de confianza será muy difícil de combatir. Y al final, no nos equivoquemos, esta es la piedra angular de todo: la confianza.

Más carreras, más caballos

El número de caballos es nuestra referencia porque de él depende el empleo vinculado a la industria, porque es decisivo para que haya valor y mercado, porque está relacionado con la selección y con la calidad de la cabaña y del espectáculo, y finalmente porque el juego que se quiera explotar requiere un partant medio mínimo para ofrecer la rentabilidad deseada, que en su rango idóneo está entre once y trece mantillas por carrera. Y para que haya más caballos hay que animar dos factores. Primero la actividad de los hipódromos: a más carreras, más caballos. Y en segundo lugar, el retorno económico que obtengan los propietarios, un indicador con el que hay que trabajar para que nunca baje de la cota del 30 %, que es la que según los estándares internacionales marca en condiciones neutras el umbral a partir del cual los propietarios invierten, y por debajo del cual desinvierten. Fijémonos en la evolución del número de caballos que han corrido en España desde 2005 y carreras disputadas:

Ambos indicadores trazan evoluciones muy parecidas, casi paralelas. Grosso modo, cuando se han dado más carreras han corrido más caballos y al revés, aunque se detectan diferencias pequeñas pero importantes que se entienden más fácilmente observando la evolución del retorno económico neto (el 80 % de los premios) ofrecido por los caballos a sus propietarios en relación a su coste anual de mantenimiento (no se incluye la inversión de compra):

(Téngase en cuenta que para 2020 se ha hecho una proyección de premios como si HZ mantuviera en otoño los que está ofreciendo actualmente)

En todo este periodo no se han dado esas “condiciones neutras” a las que me refería antes. Así, en los tres primeros años, de extraordinaria bonanza económica, se dejó notar la influencia del gran entusiasmo provocado por la reapertura del hipódromo de La Zarzuela, un momento de máxima confianza en el que el número de caballos creció por encima del número de carreras y a pesar de que el retorno económico estaba muy por debajo del 30 % del coste medio de mantenimiento de los caballos. Ese tiempo de euforia perdió gas a partir de 2008, cuando comenzaron a surgir las dudas sobre el enfoque de LAE respecto a la apuesta externa y, además, estalló la crisis económica que se alargó hasta 2015. Justo ese mismo año (2015) se produjo el cese temporal de la actividad de las carreras derivada de la crisis de la regulación, y finalmente en 2020 hemos conocido esta última situación de anormalidad por culpa de la pandemia que aún estamos tratando de superar. Han sido pues vicisitudes muy importantes, y duras, las que han marcado la evolución que se plasma en los gráficos, pero si los observamos y los relacionamos, comprobamos que una vez superado el periodo inicial de confianza producida por la reapertura de HZ, la curva del número de caballos participantes en la competición nacional solo ha dejado de tener una correspondencia casi exacta con la del número de carreras cuando se ha superado la cota del 30 % de retorno para los propietarios: en 2014 (al segundo año de subida de premios acometida por HZ en el periodo 2013-2018), cuando el descenso en el número de corredores se redujo en un 80 % respecto al año anterior, y de 2016 a 2019, cuando el aumento fue constante. Cuando no puede crecer el número de carreras solo se pueden conseguir más caballos mejorando el retorno, y por mucho que se mejore el retorno, si no hay un mínimo de carreras en las que correr no se aumenta la cabaña.

Amedeo Modigliani en el Carudel 2020
Los años recientes demuestran que cuantas más carreras se programan, más caballos compiten en los hipódromos. Foto: Rafa Lorente.

Profesionales

El equilibrio tiene su complejidad. Hay quien dice que dando más carreras se hace crecer todo lo demás, y también hay quien cree que solo subiendo los premios el sector será un vergel. Pero ni una ni otra cosa es cierta. Son variables que deben relacionarse y en cualquier caso ninguna tiene valor si no hay confianza en el seno de la industria, si no se crea un horizonte de expectativas. No se puede criar si no existe la certeza de que las carreras seguirán funcionando en los próximos años. No puede haber mercado (y menos de yealings) si se teme por la continuidad de la competición. Del mismo modo que no es razonable pretender que haya más y mejores profesionales si el oficio no da para ganarse la vida de forma digna y holgada, mientras solo el top 5 de los entrenadores y el top 8 de los jockeys ingresen con los porcentajes de los premios (y el fijo por monta) el salario bruto medio de España, y aquí hay que decir que con los premios que hoy se están ofreciendo en HZ, y que se han asumido como una medida necesaria pero circunstancial, es muy difícil que los profesionales de las carreras y sus familias puedan vivir dignamente en una ciudad como Madrid y llegar a fin de mes con una mínima tranquilidad, de modo que la continuidad de estos premios alimentaría la economía sumergida y la trampa, y traería miseria. Con expectativas y confianza, sin embargo, el entusiasmo es más fuerte que las estrecheces del circuito (como se vio de 2005 a 2008).

Sabido es que todos los hipódromos españoles tienen un problema grave de ingresos –debido a la estrechez de la masa crítica de seguidores y a la inexistencia de una comercialización convencional del juego– y que organizar carreras es carísimo. Y cuando no se encuentran vías para incrementar los ingresos siempre se intenta rebajar los costes, pero en este caso el capítulo de los premios es precisamente el que determina el producto del que dependerá la viabilidad de la gestión. De ahí el dilema (crisis vs. necesidad) que a buen seguro se está intentando resolver para recuperar las dotaciones como herramienta básica de esa estrategia soñada que de una vez por todas lleve a las carreras a ser autosuficientes y a no depender a medio plazo de la Administración, que para ello debe entender que el problema no es solo de SEPI y que la verdadera ayuda pública útil, no el parcheo, es ya absolutamente urgente para la resolución definitiva del problema. Ojalá que así sea y que cuando se conozcan los premios del segundo semestre del año la señal invite a la confianza…

(Artículo publicado en el número 1.080 de la revista A Galopar, del 7 de julio de 2020).

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